UN APLAZO EN CONDUCTA: QUE PASA EN LA RELACION PADRES-ESCUELA

//UN APLAZO EN CONDUCTA: QUE PASA EN LA RELACION PADRES-ESCUELA

UN APLAZO EN CONDUCTA: QUE PASA EN LA RELACION PADRES-ESCUELA

Aulas violentas: cuando el problema son los adultos
Pablo Calvo – Clarín – Domingo 3 de Junio de 2007

Son denuncias recientes. Sus carátulas: «Maltrato y amenazas de la autoridad escolar a padres de la cooperadora»; «Alumno libre por faltas y conducta. Según la madre: falso»; «Maltrato de autoridad a alumna y padre»; «Supuestas amenazas de muerte de parte de un ordenanza de una escuela a miembro de cooperadora».

¿No eran los chicos los violentos? Este catálogo de acusaciones, registrado por la Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires, muestra que los adultos también deben dar explicaciones.

¿Existe un cortocircuito entre padres y docentes? Datos de una encuesta privada, consultas a personas involucradas en conflictos, expertos en educación y noticias recientes indican que sí.

Los casos extremos saltan a la vista: «Un padre golpeó a una maestra y la amenazó con volver armado», tituló Clarín el 17 de mayo, sobre un incidente en Mendoza. El jueves pasado, la agencia DyN captó otro episodio: «En Misiones, un padre agredió al director de una escuela en una reunión sobre violencia escolar». Hace seis meses, una profesora fue golpeada por una mamá y terminó con un edema cerebral (ver «Terapia intensiva», pág. 37).

Casos menos escandalosos, pero que ocurren a diario, comienzan a ser percibidos en los trabajos de investigación. Una encuesta realizada en la Universidad de Buenos Aires durante el seminario «Violencia en las escuelas. Docentes, alumnos y padres en conflicto», descubrió que uno de cada 10 hechos violentos «se desarrolla entre padres y docentes».

Es un dato novedoso, que se agrega al esquema más frecuente de violencia en las escuelas, donde seis de esos 10 incidentes se dan entre alumnos y el resto, entre docentes y alumnos. Las formas que adquiere esa violencia son un llamado de atención:

  • El 76 por ciento de los casos toma la forma de violencia verbal y física.
  • El 24 por ciento restante es violencia psicológica y simbólica, expresada en amenazas, malicia, acoso o discriminación.

«Hay un descreimiento hacia el ámbito educativo, de padres que parten de prejuicios y dicen: ‘eso a mi hijo nunca le va a pasar, así que no participo’. La escuela está desprestigiada para transmitir un saber, un consejo. Sumado a que el contexto social es sumamente adverso, de muy poca contención para la familia, se dan situaciones donde se detona la salud mental de esos padres, que pasan a considerar al docente como un enemigo», explica el psicoanalista Fernando Osorio, responsable del estudio y autor del libro «Violencia en las escuelas».

Según ese análisis, que tomó en cuenta el testimonio de 1.500 docentes, «se han incrementado los conflictos entre familia y escuela». El 90 por ciento de los entrevistados señaló un motivo: que las nuevas conformaciones de la familia moderna (hogares con un solo padre, familias ensambladas y otras) «no han podido provocar cambios en las políticas y estrategias pedagógicas implementadas por el sistema educativo actual».

Pero hay más:

  • El 85 por ciento de los docentes señala que los conflictos familiares se perciben luego en la conducta de los alumnos.
  • El 75 por ciento afirma que el Estado no los capacita bien en el tema violencia.
  • El 38 por ciento de los encuestados dice haber sido víctima de agresiones verbales por parte de algún alumno.

Juan Otero, director de Psicología Comunitaria y Pedagogía Social del gobierno bonaerense, considera que «la educación ha entrado en una crisis profunda en cuanto a la relación familia-escuela» y que el «vaciamiento pedagógico que sufrió la institución escolar» en los ’90 fue nocivo.

«Hay que trabajar mucho con los padres, porque aparecen situaciones donde los docentes son interpelados verbalmente y no son respetados. Hoy es imprescindible restituir la autoridad del docente y recomponer los enlaces entre la familia y la escuela, a través de estrategias comunitarias, donde los padres puedan sumarse», sostiene el funcionario.

Otero acepta que los rituales de convocatoria a los padres que hacen las escuelas, a los actos, a las reuniones, se han quedado en el tiempo, con la idea de la vieja familia nuclear. Aclara, sin embargo, que no es lo más grave: «Hoy, el mayor error social es pensar que los chicos que agreden o rompen un aula son sujetos peligrosos y deben ser marginados, cuando son los adultos los que no están devolviendo una imagen confiable y los que fabrican a diario un contexto hostil, de violencia en el hogar, el tránsito, en el vocabulario. Esto es rechazado por los adolescentes y fomenta violencia».

Para redondear su idea, Otero descubre otro aspecto del problema: «Si tiramos bien del hilo, se ve claramente que detrás de un alumno involucrado en un hecho de violencia, siempre, pero siempre hay un derecho que en algún momento no le han respetado».

Los niños, dice la ley argentina, tienen derecho a la educación en condiciones de igualdad, a un nivel de vida adecuado y a espacios educativos que le permitan desarrollar su personalidad, sus aptitudes y su capacidad mental al máximo de sus posibilidades.

La realidad contradice ese mundo ideal. La falta de gas en más de 100 escuelas porteñas y bonaerense en el mayo más frío de las últimas décadas, la existencia de letrinas en vez de inodoros en escuelas de clase baja y media urbana, la insuficiente cantidad de profesionales que atienden el problema de las agresiones en el aula (hay 219 personas en los Equipos de Orientación Educativa para un total de 231.980 alumnos), el peregrinaje de 4.000 alumnos «derivados» a escuelas que están lejos de sus hogares, la discriminación escondida contra chicos repetidores y la desigualdad entre los establecimientos más pobres y los más confortables, pintan un paisaje que, a juicio de los especialistas, no ayuda a atenuar la violencia.

«No es un contexto amigable para desarrollar experiencias de acercamiento», señala el defensor del pueblo adjunto de la Ciudad, Gustavo Lesbegueris, quien en los dos meses que van del actual ciclo lectivo ya registró igual cantidad de denuncias por violencia que en todo el año 2002. Hablan de agresiones entre chicos y disputas entre adultos (ver infografía, pág 37).

Tanto la encuesta de Osorio, como la estadística oficial de denuncias, son indicadores parciales de la situación. «Tiene que quedar claro: la escuela no es un desastre a nivel de violencia y que no es tan seguro que haya más que antes», advierte la pedagoga Inés Dussel, coordinadora de Educación de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO).

Testigo de las peleas que sus compañeros tenían todos los viernes con alumnos de otros colegios, durante su adolescencia, Dussel interpreta hoy que el tema está más visible a los ojos de la sociedad. Admite sí que existe una «confusión de roles» entre la familia y la escuela: «La familia le demanda más a la escuela, se pone en posición de cliente, va a la Justicia si sus hijos no pasan de grado, algo que sólo debería ocurrir cuando hay derechos vulnerados; y la escuela exige que la familia acompañe más, que vaya a los actos, ponga más plata y refuerce el sostén pedagógico».

«Además, la escuela sigue esperando encontrarse con la familia tipo del otro lado y hasta se enoja cuando padres sobreocupados faltan a una reunión», describe la investigadora, al tiempo que propone que haya «más flexibilidad desde los dos lados, voluntad para acercar e incluir al otro».

El año pasado, los equipos de Asistencia Socio Educativa de la Ciudad realizaron 4.585 intervenciones. Entre los casos más significativos, hubo 600 intervenciones por problemas de convivencia en la escuela, 563 por cuestiones socio-familiares, 237 por violencia familiar, 101 por drogas, 31 por autoagresión (categoría relativamente nueva, referida a las marcas en el cuerpo, como ciertos tatuajes, piercing, etc.) y seis por problemas de portación ilegítima de armas o drogas.

Son los problemas que cruzan a toda la sociedad, registrados en un ámbito que está pensado para que los chicos aprendan a convivir, en su difícil tránsito hacia la adultez.


Pablo Calvo –
Clarín – Domingo 3 de Junio de 2007

By |2018-08-29T09:56:57-03:00marzo 24th, 2010|Categories: PUBLICACIONES PSICOPEDAGOGIA|0 Comments

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