La riqueza de la diversidad – Clarín, 10/7/13

//La riqueza de la diversidad – Clarín, 10/7/13

La riqueza de la diversidad – Clarín, 10/7/13

Por Alfredo Dillon

La inmigración plantea a la escuela el desafío de integrar a los alumnos de origen extranjero, reconociendo y valorando sus culturas. Testimonios y estrategias de docentes que le dan la bienvenida a la heterogeneidad y apuestan por una educación intercultural.

El trabajo con los estudiantes de origen inmigrante forma parte de la reflexión sobre la diversidad en el aula: ellos traen al salón de clases sus propias historias, valores y pautas culturales, que pueden enriquecer a sus compañeros, a los docentes y a la comunidad educativa en la que funciona la escuela.

Claro que no siempre es ese el enfoque que predomina sobre la inmigración. Basta pensar en etiquetas como «bolita» o «paragua», palabras que reflejan prejuicios arraigados socialmente, y que demuestran que la diferencia no siempre es entendida como riqueza: también es motivo de agresiones y discriminación. Los hijos de inmigrantes de países sudamericanos –­principalmente, paraguayos, bolivianos y peruanos–­ a veces padecen en las aulas los mismos estigmas con los que se los señala afuera, en la calle, en las canchas de futbol o, incluso, en algunas declaraciones de políticos.

La escuela es una caja de resonancia de estos prejuicios, pero tiene también el potencial para transformarlos y generar en los chicos nuevas miradas sobre la diversidad. El desafío no es menor: según los últimos datos disponibles, sólo en las escuelas públicas de la ciudad de Buenos Aires hay unos 33.000 alumnos extranjeros, con un incremento del 35% en los últimos diez años. De todas maneras, el fenómeno inmigratorio adquiere su verdadera dimensión cuando se observan las cifras nacionales del Censo 2010: los extranjeros sólo representan el 4,5% de la población, apenas unas tres décimas por encima de las cifras de 2001, cuando eran el 4,2% de la población. El 81,5% de ellos proviene del continente americano, con Paraguay (550.713 personas) y Bolivia (345.272) a la cabeza, seguidos de Perú, Chile y Uruguay.

¿Cuántos de ellos están en la escuela? Según un informe de SEL Consultores, una de las principales inquietudes para la opinión pública es «si los hijos de los inmigrantes de países limítrofes y Perú generan una demanda adicional sobre el sistema educativo que deviene en un deterioro de su calidad». Las conclusiones del estudio son claras: «La información sugiere que no es el caso. Los escolares provenientes de hogares de inmigrantes constituyen poco más del 5% del total de asistentes a escuelas públicas«. En las aulas, el fenómeno se percibe con más fuerza en algunos barrios de la ciudad de Buenos Aires (sobre todo, Villa Lugano, Flores, Nueva Pompeya y Balvanera) y en ciertos distritos del conurbano como La Matanza, La Plata y Lomas de Zamora.

Desafíos para las escuelas

Uno de los desafíos que los estudiantes inmigrantes plantean a las escuelas tiene que ver con las cuestiones burocráticas. En rigor, los alumnos pueden inscribirse y cursar en cualquier escuela pública sin necesidad de presentar ningún documento: la ley garantiza el derecho a la educación de los chicos más allá de su estatus migratorio. Una vez terminados los cursos, los estudiantes sí necesitan tener su documento para recibir el título.

Otra dificultad de tipo burocrático tiene que ver con las equivalencias: los chicos que vienen de cursar en escuelas de otros países han tenido otras materias, otros contenidos y formas de evaluar, distintas calificaciones y hasta pueden presentar documentación en otros idiomas. En este terreno, cada escuela tiene que decidir en qué grado o año el estudiante podrá insertarse mejor. Por ejemplo, en la Escuela N° 7 Juan de Garay, de Barracas, ofrecen un grado de nivelación: un espacio en el que «una maestra trabaja cara a cara con chicos recién llegados a la escuela, de diferentes edades, con el objetivo de equipararlos hasta que puedan insertarse en el grado que les correspondería por su edad o su nivel de conocimientos», cuenta Cecilia Porres, la directora.

La escuela también enfrenta el desafío de revertir los estigmas con los que cargan algunas identidades nacionales. En este sentido, Liliana Sinisi, antropóloga de la UBA, sostiene que las situaciones de los estudiantes inmigrantes varían en función del país de origen: «Dependiendo del país del que provengan, se transforman en polo positivo o negativo de estigma. No es lo mismo estudiantes migrantes
de países limítrofes, como Bolivia o Paraguay, que los que vienen de otros países». Aquellos, junto con los peruanos, son los más estigmatizados, sobre todo cuando la condición de inmigrantes se suma a una situación de pobreza y marginalidad.

Discriminación y estigmas

«Se construye en torno a ellos una serie de categorías y marcas que muchas veces producen fracaso escolar, porque se asocia inmigración a baja cultura. Por lo tanto, esos niños y niñas no estarían `preparados’ para participar de una escuela que los albergue en su diversidad», señala Sinisi. Este diagnóstico pone de relieve que, en contra del dicho popular que afirma que «los chicos son crueles», a veces son los adultos y las instituciones los que más discriminan. Para deconstruir estos estereotipos, la capacitación y la incorporación de estos temas a la formación docente aparecen como prioridades.

Sin una reflexión de los adultos, la escuela está más expuesta a reproducir en su interior las dinámicas sociales de discriminación. Alejandro Grimson, antropólogo y docente de la Universidad Nacional de San Martín, explica: «Los episodios en los que se ha negado que niños de otras nacionalidades sean abanderados han revelado problemas de racismo. En algunas escuelas, el rol del docente es decisivo acerca de cómo esos niños van a percibir a la sociedad argentina. Lamentablemente, la discriminación es un rasgo muy sólido de nuestra sociedad y pueden encontrarse muchas escuelas donde los estereotipos se reproducen y consolidan».

El primer paso es visibilizar la discriminación, darle la dimensión que merece, desnaturalizarla. «Cuando una madre se queja porque un alumno le dijo a su hijo ‘negro’, ‘gordo’ o ‘bolita’, las maestras no le dan mucha importancia porque, según ellas, son cosas de chicos. Pero la realidad es que es un problema muy grande», dice Víctor Ramos, titular de la ONG SOS Discriminación. Este trabajo de visibilización requiere no tener ninguna permisividad con los actos de discriminación y sancionarlos con firmeza, para mostrar que en la escuela no hay espacio para estas conductas.

Para Grimson, también resulta clave que los docentes puedan adquirir «una perspectiva reflexiva sobre la historia y la identidad nacional, que no debe construirse en contra de los países vecinos. Pensar y problematizar los modos en que se incluye en la sociedad argentina a aquellos que no ingresan en los estereotipos -profundamente falaces- de que `los argentinos descendemos de los barcos’».

En el Jardín de Infantes Integral N° 3, de Ciudad Oculta, ya están haciendo este trabajo. Allí la mayoría de los estudiantes vienen de familias paraguayas y, en menor medida, bolivianas y peruanas. Desde 2009, la escuela realiza en agosto la celebración de la Pachamama, con el objetivo de recuperar una tradición de los pueblos originarios que habitaban el suelo de Argentina y los países limítrofes. «Es una ceremonia de agradecimiento a la Tierra por todo lo que nos da durante el año, y también promueve un mensaje de cuidado del medio ambiente. A la vez, nos permite aproximarnos a las historias familiares y de las comunidades de origen de nuestros alumnos», cuenta María Cerneira, la directora.

Hacia la interculturalidad

Experiencias como estas señalan el valor de la interculturalidad: una perspectiva que permite resignificar y revalorar las distintas culturas presentes en el aula. No se trata de anular las diferencias, como en la vieja escuela de principios del siglo XX, sino de trabajar a partir de ellas para fortalecer la autoestima cultural de los estudiantes de origen extranjero.

«La escuela debe tener una mirada amplia y una actitud flexible, abrir sus puertas a la riqueza que implica la diversidad. De esa manera, descubrimos lo que los otros nos pueden dar, y lo que podemos darles. La cultura y los saberes del otro aportan a mi cultura», sostiene María. Asumir esta perspectiva es una manera de educar en valores, transmitiéndoles a los chicos y a las familias la importancia del respeto y la aceptación del otro. En las escuelas que asumen esta mirada, es raro que surjan casos de agresiones o racismo. «Como en la escuela estamos permanentemente valorando la diferencia, es más difícil que la discriminación aparezca acá«, añade la docente.

En este reconocimiento de las diferencias, especialistas y docentes advierten que es fundamental evitar la «folclorización«, que consistiría por ejemplo en limitar las representaciones de la cultura boliviana o peruana a los bailes típicos durante el acto escolar del 12 de octubre. «No es sólo ponerles el traje típico, sacarles la foto y listo. El chico tiene que encontrarse con sus raíces, si no no se puede integrar», asegura Marcelo Montenegro, docente de 7° grado de la Escuela N° 21, de San Cristóbal, donde casi la mitad de los estudiantes son hijos de inmigrantes. Una de las maneras que encontró la escuela para trabajar este tema fue el armado de huertas orgánicas de plantas aromáticas, para investigar cómo utilizaban esas plantas las culturas originarias de Sudamérica.

Cecilia Sleiman, especialista en educación y migraciones que se desempeñó como investigadora en el proyecto «Educación para niños y jóvenes migrantes» de la Organización de los Estados Americanos, repasa otros desafíos que enfrenta la escuela cuando recibe a estos estudiantes. El primero de ellos es el riesgo de abandono por motivos económicos: «Lo primero es que las familias tengan los ingresos suficientes para que los chicos puedan continuar con sus estudios y no tengan que interrumpirlos para trabajar». Según la Organización Internacional para las Migraciones, el factor que explica la mayor parte de la inmigración en Argentina es el laboral. La urgencia y la necesidad de un trabajo pueden conducir directamente al abandono: por eso, el apoyo de la escuela y la familia son fundamentales.

Sleiman añade que otro factor que necesitan tener en cuenta los docentes es la situación familiar de estos chicos: «Muchas veces la familia no viaja conjuntamente, sino que primero emigra un adulto y luego viaja a buscar o manda a traer a su familia». En consecuencia, algunos de los estudiantes se encuentran en proceso de reunificación familiar: en muchos casos, el padre permanece en el país de origen y ellos tienen que ayudar a la madre a cuidar hermanos menores o aportar ingresos al hogar.

A esta realidad se suma el sentimiento de desarraigo que inevitablemente padece aquel que deja su tierra. Ivana Dadone, vicedirectora de la Escuela N° 21, grafica: «Una vez les pedimos a los chicos de 7° que trajeran algún objeto significativo de su infancia, para trabajar la memoria emotiva. Teníamos muchos alumnos peruanos, recién llegados de Perú: ellos no trajeron nada, no tenían nada. Había un desarraigo tan grande que no pudimos hacer la actividad».

Recuperar esas raíces, revalorarlas y compartirlas entre todos es el gran reto que enfrenta una escuela verdaderamente intercultural, es decir, dispuesta al diálogo con los valores y las historias que traen los chicos. Las personas emigran de sus países para superarse y progresar: a la escuela le toca darles la bienvenida a los hijos de esos inmigrantes, recibirlos y brindarles las herramientas necesarias para que puedan labrarse ese futuro mejor al que aspiran sus padres. Una escuela intercultural es necesariamente una de puertas abiertas: una escuela que recupera aquella vieja confianza argentina en la educación como pasaporte de inclusión y ascenso social.

La inmigración «imaginaria»

¿La Argentina está recibiendo mucha inmigración? Según el Censo 2010, sólo el 4,5% de la población argentina es de origen extranjero. En el censo anterior, de 2001, los extranjeros eran el 4,2% de la población; en 1991 eran el 5%; en 1980, el 6,8%; y en 1970, el 9,5%. La cifra más alta se registró en 1914, cuando los inmigrantes representaban el 29,9% del total.

¿Por qué, entonces, reaparecen cada tanto las voces que advierten sobre el «colapso» del sistema educativo o del sistema de salud «por culpa de los extranjeros»? El sociólogo Sebastián Bruno, investigador de la Universidad de Buenos Aires, sostiene que hay una «inmigración imaginaria«, construida en muchos casos por algunos medios y los propios líderes de las colectividades, que se sustenta en «cifras magnificadas» y «proyecciones agigantadas sobre el fenómeno». «La magnificación de las cifras es la expresión cuantitativa de una sensación de invasión de ‘los otros’. En ellas quedan incluidos no sólo los migrantes sudamericanos sino también sus hijos argentinos», dijo el especialista a Clarín Educación. Esta sensación de «invasión» también se explicaría por la concentración de los inmigrantes en la Capital y el conurbano bonaerense.

By |2018-08-29T09:56:42-03:00julio 11th, 2013|Categories: PUBLICACIONES PSICOPEDAGOGIA|Comentarios desactivados en La riqueza de la diversidad – Clarín, 10/7/13

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