Martina canta las canciones de cada uno de los animales- títeres- dedo: la del sapo, la del pato, la del cocodrilo. Intenta variaciones de intensidad. Para ella, el canto es algo nuevo en sus cinco años.

Matías, cuando juega, utiliza una jerga que se parece mucho al inglés. Él juega con ese idioma propio y le pide prestado a la lengua inglesa, las malaspalabras que le salen nítidas porque es su forma de reírse con ellas. En su léxico, un “fackiu” no agrede sino que transgrede, a Matías le resulta divertido y juega con eso.

Algunos días, Francisco saluda con un particular detenimiento a las personas con las que se encuentra en la salida del consultorio, cuando se va. Pareciera un juego para él.

Guido reemplaza palabras, deliberadamente y a sabiendas,  por otras del mismo campo semántico para confundir a sus interlocutores, en clave de complicidad y nos despierta una carcajada inevitable. Yo paso a llamarme Roberto, un plato de fideos es un pancho, su mamá es su tía y la escuela, un club.

Julieta habla por el celular con una postura, una melodía y una cadencia que uno puede ver claramente que está jugando a ser una señorona muy ocupada, hablando de cosas muy importantes.

Ciro se queda prendado del lenguaje que viene envasado en canciones, pareciera bebérselo con la mirada y, luego, intenta reproducirlo con sus vocalizaciones.

Renata es experta en juegos musicales rítmicos e hinchadas fervientes.

 

Los niños pueden jugar con el lenguaje. Como lo hacen con la masa, los bloques, los juguetes. También pueden moldear, apilar, recortar y pegar, sacudir, percutir y hacer de cuenta con palabras, sonidos, sílabas, ritmos, entonaciones.

Aunque no cuenten con un lenguaje completamente estructurado, aunque esta construcción todavía esté en proceso, los chicos pueden tomar al lenguaje como objeto y material de juego y además de poder, se convierte en uno de los mejores lugares que puedan habitar.

 

Llegan al espacio terapéutico de fonoaudiología, niños con diferentes dificultades en la constitución lingüística y en su estructuración psíquica. Juan, por ejemplo, cuenta con un lenguaje completo, léxico variado y rico, estructuras sintácticas  acabadas. ¿Logra enunciarse como sujeto? ¿Advierte el chiste, la metáfora, el juego de palabras? ¿Se permite el gorjeo, la onomatopeya, el traqueteo de una secuencia rítmica, sólo por placer perceptivo?

Juan responde a las preguntas que se le formulan. ¿Tiene sus propias preguntas, puede expresar las inquietudes que su imaginación le presenta? ¿Intenta contarle a sus padres o a un amigo que está enojado porque no logra pasar de nivel en su videojuego preferido? ¿Dice que le gustaría mucho salir al patio y chapotear con los charcos que dejó la lluvia? ¿Es el capitán de un barco o un escalador conquistando una montaña enorme? Juan habla pero, ¿dice si está preocupado, ilusionado, temeroso, ansioso, entusiasmado, dudoso, asombrado? ¿Disfruta del lenguaje o se convierte en un artificio que le “sirve” para lograr determinados objetivos, casi siempre relacionados con necesidades vitales, primordiales o urgentes?

 

Hay una tendencia actual a considerar al lenguaje de manera inequívoca, como un medio de comunicación, vehículo de expresión. No es sólo eso, no debería ser sólo eso. El lenguaje puede y debe ser tomado como un juego, un disfrute, algo placentero. Precisamente, la riqueza del lenguaje, su maleabilidad, la propiedad de transformación que nos ofrece, es lo que nos permite lo lúdico en su despliegue.

 

Se le pide al lenguaje un efecto mágico: que a partir de él aparezca el resto. “Cuando me pida pis o caca yo sé que le voy a poder sacar los pañales”. “Cuando hable va a aprender”. “Cuando pueda hablar, los chicos le van a entender y va a tener amigos”. “Yo quiero que me diga qué quiere”. “Va a dejar de pegar el día que pueda decir lo que le pasa”. “No habla”. “¿Vos creés que algún día va a poder hablar?”

Los chicos hablan. Con sus recursos, a su manera. Desestimar su forma de expresión y comunicación es obturarla, no permitir que se despliegue, se desarrolle y crezca. Así, el lenguaje queda sujeto a un estrato difícil de alcanzar, una promesa que nunca llega, una vara muy alta. Un hito trascendental y determinante que condicionará todo lo demás.

La adquisición del lenguaje es fundamental en el desarrollo de un niño; vehiculiza, posibilita, acompaña, permite gran cantidad de logros, hitos madurativos, posibilidades estructurantes. Pero no es mágico ni repentino ni fortuito ni unívoco. Es muy importante que un niño adquiera el lenguaje pero, precisamente, enfaticemos el término adquisición. El lenguaje no se aprende, no se adiestra, no se aplica. Se construye. Alguien lo dona y entonces, el niño se lo apropiará, o hará el intento. El rol del juego adquiere un valor fundamental en las apropiaciones de los niños.

 

Silvia Peaguda afirma sobre los juegos: “…son estructurantes, y por lo tanto no son sin consecuencias en la constitución del sujeto psíquico”. Así como pensamos en un cuerpo subjetivado, podemos pensar en un lenguaje subjetivado, apropiado por el niño, en el cual se instale como un sujeto que se enuncia.

Winnicott postula “…cuando el juego no es posible, la labor del terapeuta se orienta a llevar al paciente de un estado en que no puede jugar a uno en que le es posible hacerlo”. En la misma línea, podemos pensar el espacio terapéutico de fonoaudiología como posibilitador del juego con el lenguaje.

 

Para hacerlo suyo, un niño tiene que jugar con el lenguaje, con el que cuente, con aquellos elementos a los que pueda acudir: gestos, vocalizaciones, movimientos, sílabas, palabras, frases, discursos.

Para que un niño llegue a enunciarse, o lo intente, antes tiene que hacer propio el lenguaje. Tiene que experimentar con él, divertirse, enchastrarse con él, manipularlo, arrojarlo, arrastrarlo, meterlo-sacarlo, disfrazarlo, tirarlo y empujarlo, trocarlo, troquelarlo, amasarlo, disfrutar de la cosquilla que el lenguaje le hace en los oídos, en la garganta, en las manos, en todo el cuerpo.

Hacerlo propio y ser él en el lenguaje.

 

Giselle Aronson

Lic. en Fonoaudiología.
Terapeuta del Lenguaje. 

Especialista en Lenguaje y Primera Infancia.
Se dedica a la clínica con niños y jóvenes con dificultades en la constitución del lenguaje y necesidades educativas derivadas de la discapacidad.en zona oeste del conurbano bonaerense, desde el año 2000.
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Publicó los libros de cuentos breves y microficciones: Cuentos para no matar y otros más inofensivos (Macedonia Ediciones, 2011), Poleas(Textos Intrusos, 2013), Sin ir más lejos (Macedonia Ediciones, 2014), Orden del vértigo (Milena Caserola, El 8vo Loco, Alto Pogo, 2014) y las novelas Dos (Milena Caserola, 2014) y Lo que no se sabe (inédita).

 

Bibliografía:

  • Benveniste, E. Problemas de lingüística general. Siglo XXI.
  • Freud, S. “Tres ensayos de teroría sexual”, Cap. II, Obras Completas. Amorrortu.
  • Giuliani, N. La terapéutica del lenguaje infantil: una mirada clínica.
  • Levin, J. Tramas del lenguaje infantil. Lugar Editorial.
  • Peaguda, S. “A qué jugamos con los bebés precursores del Fort-da”, Escritos de la Infancia. Tomo 8. Fundación para el Estudio de los Problemas de la Infancia.
  • Rodulfo, R. El niño y el significante. Paidós.
  • Winnicott, D.W. Realidad y juego. Gedisa Editorial