Por Sonia Santoro

Estudiantes, docentes, madres y padres en aislamiento

La buena voluntad de todos los implicados no impide que lleguen a una conclusión unánime: nada reemplaza el contacto en el aula.

El aula no existe, la educación está en casa. En casas con mejores, peores o nulas posibilidades de conexión. A las que se envían emails, whatsapps o invitaciones a acceder a plataformas virtuales para afrontar a la distancia lo que ya no se puede cara a cara. Las quejas se escuchan por todos lados. Docentes agotadas, corrigiendo fotos borroneadas o recibiendo mensajes a las doce de la noche para resolver dudas. Adolescentes agobiados por tanta tarea dificultada por la falta de vínculo con docentes. Padres, madres que además de teletrabajar, tienen que hacer de docentes en casa. Sin desmerecer los esfuerzos de instituciones, docentes, padres, madres y niñes, por afrontar la situación de emergencia, este nuevo panorama educativo está estallado por todos lados. Y mientras algunos pretenden hacer como que nada pasa, están quienes piden un poco de reflexión para pensar de qué manera la escuela puede acompañar este momento.

Martin tiene diez años. Va a quinto grado “b”, aclara, en una escuela pública de doble jornada en Villa del Parque. Va es una forma de decir, claro. Ahora se conecta todos los días a la aplicación que la mandaron desde el colegio: Edmodo. Lo hace “un rato largo a la mañana y otro rato no muy largo” a la tarde. Les mandan tarea por ahí y trata de estar activo porque, cuenta, “si estás activo en la aplicación la vas haciendo y te vas sacando un montón de cosas de encima. Tengo todas las materias y a la tarde inglés, tecnología y teatro”.

–¿Como te sentís con esto?

–No me gusta mucho, preferiría estar en la escuela. Porque hablar por una computadora me parece medio extraño y más aburrido.

Martín sintetiza la sensación de una parte importante de los y las estudiantes. La extrañeza y las pocas ganas que se generan en esta nueva y rara manera de “ir a la escuela”.

A Ulises, de doce años, le pasa algo parecido. Este año empezó primer año en una escuela pública de Once. Tuvo cuatro días de clases y luego el mundo cambió. “Es una cagada, definitivamente”, dice. Quiere ir a la escuela, tanto que lo dice cada día y le mandó un mensaje por Twitter al presidente rogándole que las abra. “Mandan mucha tarea y todavía no estuvimos ni en la escuela casi, nada, entonces, me cuesta”, dice. Recibe consignas por email, blog y classroom. Además, los mismos profes fueron cambiando de modalidad con el transcurso de los días y la extensión de la cuarentena.

–¿Y qué pasa si no entendés algo?

–Le pregunto a mis compañeros. Y si nadie lo entiende le mandamos mensaje al profesor.

–¿Y contesta?

–Sí.

Los y las profes están al pie del cañón. La queja, salvo excepciones, no es contra ellos, es contra todo el sistema, contra el virus, contra esa realidad que se les impuso y no pueden entender.

Juani va a quinto año en una escuela pública de Palermo. “La escuela se está manejando bastante bien, la primer (y única) semana de clases la mayoría de los profesores nos dieron sus mails por si llegaba a pasar esto”, dice. “Yo lo estoy viviendo dentro de todo bien, o sea la verdad es q no lo disfruto para nada, si ya sufro ir al colegio imaginate sola en casa, no me gusta pero prefiero eso a terminar las clases el año que viene. Lo que sí creo es que es demasiado, nunca en todos mis años de secundario me dieron tanta tarea, y ahora pum, es un montón, literal que vos mandás un trabajo y ya te llega otro para hacer, pero bueno, entiendo la situación y trato de quedarme tranquila y si tengo algún problema con alguna cosa voy y le pregunto al/la profesorx”, relata.

Sin embargo, nunca es suficiente. Porque lo que falta no se puede conseguir en estos días por más que se intente llegar a imitarlo con todos los trucos tecnológicos posibles. “La realidad es que una explicación en persona es totalmente distinta a una mediante un mail, no creo que con todo esto se esté logrando realmente aprender, a veces siento que hago un trabajo con cosas de google y listo, trabajo hecho y no adquirí casi nada de conocimiento”, dice, tirando al aire una de las grandes preguntas que nos hacemos muchos por estos días. ¿Se puede aprender virtualmente? ¿Con qué no puede la virtualidad? ¿Cuál debería ser el rol de la educación en estos días? 

Victoria, estudiante de Licenciatura en Psicología en la Universidad Nacional de Catamarca plantea dificultades similares. La universidad garantiza la educación por aula virtual pero ella está “un poco angustiada, por decirlo así. Tenía muchos proyectos y metas que quería cumplir con respecto a las materias, más sabiendo que hay algunas que son muy duras… me hubiese gustado por lo menos comenzar con los teóricos de manera presencial donde ahí se te aclara el panorama para todo el año”.

Esa presencia física que no está y que la escuela intenta suplir, tiene a las y los docentes sumidos en una cantidad de tareas durante el día entero. Vanesa es docente de lengua en una escuela secundaria de Almagro y en una de adultos en La Boca. Tiene trescientos alumnos a su cargo, a los que les da un trabajo por semana o cada quince días, según el curso.

“Laburo desde que me levanto y hasta después de cenar. Ya no tengo intimidad y vida privada. Todo es estar pendiente del celular y de la computadora”, dice. Una computadora, aclara, que “como la de cualquier docente, es un clon intermedio, una compu armada en partes, con partes caras, pero hecha de a retazos. No sé cuánto más va a aguantar. ¡¡¡Estoy harta!!!”.

–¿Hay exigencia de parte de las autoridades con notas o cosas por el estilo?

–Todo el tiempo nos piden grillas, informes, encuentros virtuales, videollamadas, conferencias. Los supervisores de los colegios presionan a los directores/as para que nos pidan miles de informes.

–¿Y los chicos? ¿Cómo responden?

–Los pibes están totalmente desmotivados. Imaginate. Dos o tres que te contestan y te mandan los laburos hechos y te dicen que extrañan la escuela. En el colegio de adultos, directamente hay gente mayor que no tiene celular y menos computadora. Entonces a esa gente no se puede llegar. Es gente de 50/60 años que se había decidido a hacer el secundario de una vez por todas después de mil años sin estudiar porque está desocupada o porque son amas de casa y asi…

Las desigualdades sociales estructurales están en carne viva por estos días. ¿Se puede enseñar sin considerarlas?

Cristina Fernández es docente de historia en escuelas públicas de Lomas de Zamora. Tiene 240 alumnos a cargo. “Los chicos devuelven a los docentes con fotos de la carpeta por whasapp, esto significa que tiene que descargar las fotos y las más de las veces intentar leer es tremendo. Además de esto, que estás todo el día de que estas intentando leer. Tenes el agravante de que no hay horario para ellos y te pueden pedir una explicación a las doce de la noche por whatsapp. Además, los pibes cambiaron el horario y a la mañana no hay nadie pero a la tarde te estalla el teléfono. Con lo cual tenemos que estar las 24 horas. Es muy variable la respuesta. Tengo un curso donde respondió uno solo, en otros de 20 responden 17”, relata. Además, la exigencia viene de las escuelas. Las autoridades les piden “planes de continuidad pedagógica” una vez cada quince días. “En dos escuelas los inspectores pidieron una planilla de monitoreo, nos piden cantidad de alumnos que participan, qué medios de comunicación usamos, qué contenidos enviamos, qué recibimos, etc, etc. De alguna manera esto también burocratizó nuestro trabajo. Estamos super exigidos. Y hay muchos compañeros y compañeras que no tienen entrenamiento tecnológico, lo que demuestra una enorme falla en la formación docente. No saben subir a un drive, se lo he hecho a compañeras mías”.

En estos días Cristina va encontrando formas de organizarse en este nuevo escenario: “Cuando me empiezan a pedir explicaciones les devuelvo con audio porque es lo que más se acerca a la devolución en clase. Además, estoy tratando de poner horarios, recién (viernes) me mandaron un audio y les dije que el lunes les contestaba. También lo hago para ayudar a organizarse a ellos con sus horarios. Y me parece que en esto también podemos colaborar nosotros”.

“Nada reemplaza al aula, nada reemplaza el contacto con los chicos”, dice. Esta frase es como un mantra que muchas podrían repetir hasta el hartazgo, no para recordarlo, porque ya lo sabían, sino para poder hacer equilibrio en la transitoriedad incierta de esta nueva modalidad.

Caro de L es docente en un terciario de provincia de Buenos Aires con carreras de diseño. Cuenta que los primeros días de clase “fue un gran desborde”: “La estructura institucional no está pensada ni preparada para la virtualidad ni en crisis ni sin crisis. En este caso es bastante delirante, con la salvedad de que somos terciarios, trabajamos con adultos, adultas, que un poco facilita, a diferencia de colegas de primaria y secundaria que están desquiciadas”.

Por estos días lanzó un post en Facebook cuestionando la idea de seguir con los métodos educativos de siempre, como si nada pasara. “Hay exigencia de directivos de calificar a los pibes, es un delirio. ¿Qué le vamos a calificar al pibe en estas circunstancias? ¿Lo que lee en un pdf que le mando? ¿Para qué lo vamos a calificar en este momento? ¿Qué gana el pibe, qué gano yo? ¿Dónde está la conciencia comunitaria en esto?”, se pregunta. “Hay un atravesamiento vertical y horizontal. Hay colegas que están delirando y hay pibes diciendo “cálmense con los pdfs y trabajos prácticos porque no damos abasto, soy madre, tengo hijos”. Hay como un ida y vuelta. ¿Me salvo como docente porque doy un montón de trabajos? No, la mayor parte somos conscientes de que eso así no sirve. Lo único bueno que podemos transmitir es un espacio de encuentro nuevo, a lo mejor ahí sí podemos compartir algo”, plantea. En la misma línea hubo otro posteo que se viralizó, el de Aixa Alcántara, licenciada en Ciencias de la Educación, asistente técnico pedagógica en escuelas públicas del sur de la ciudad de Buenos Aires: “Hay un propósito urgente que no es dar trabajos prácticos (muchos con olor vintage) de manera frenética. Si me pregunta alguien para mí por dónde pasa hoy la cosa, diría que ahora hay que sostener, y más que sostener, construir el vínculo pedagógico. El acontecimiento del aislamiento social obligatorio se llevó puesto el inicio del ciclo lectivo. Entonces la necesidad es armar primero esta trama vincular a través de distintos medios, que son tecnológicos de distintas eras”.

Personas, vínculos, encuentros. Como plantean muchas historias de ciencia ficción a la que nuestra realidad hoy se parece tanto, lo único que nos hará sobrevivir será hacer aquello que nos distingue como seres humanos, aquello que las máquinas no pueden hacer.

La escuela en cuarentena

El Programa Conectate Seguro, Centro de Protección de Datos Personales de la Defensoría del Pueblo de CABA, lanzó un relevamiento acerca de “cómo se sentían aprendiendo de manera online en estos días de cuarentena” con chicos/as entre 9 y 15 años que concurren a escuelas de gestión pública y privada de la ciudad.

En general, explica Flavia Tsipkis, maestranda en Psicología de la Educación y responsable “nos han contado que les ha costado adaptarse pero que se han ido acostumbrando, que las plataformas están cargadas, que la conectividad se complica, que les cuesta organizarse solos y reconocen ello como un aprendizaje, mientras esperan que la implementación de los recursos pueda ir mejorando a medida que pasan los días. Se los escucha en una actitud de espera activa, comprendiendo que en este tiempo la relación de aprendizaje implica un compromiso tanto de ellos como de sus docentes. Esperan, comprenden, dan tiempo. Pero también cuentan que se sienten raros, que extrañan al profe, al docente que esté ahí, que les digan al toque, que les respondan cuando no saben qué hacer, extrañan el lápiz, la hoja y el pizarrón.

A partir de esos intercambios rescata “la plasticidad y el potencial de los chicos/as para reinventar las situaciones. Hay modos activos de búsqueda y de exploración, que no son sin dudas ni sin inseguridades”. También que dan cuenta de las “cuestiones que se pusieron en “jaque” como ser el registro de lo habitual y el de la continuidad, trastocados en tanto que hacen a la organización de la vida, donde el ritmo de lo escolar tiene un papel fundamental para ellos y sus familias, apareciendo nuevas cotidianidades relacionadas con lo que se hace de manera online”. Y que la escuela es insustituible, es otro espacio de subjetivación. “Si bien hoy, estamos construyendo nuevos modos de presencia y de corporalidades a través de diferentes mediaciones, ellos/as subrayan con resaltador la necesidad de “estar en cuerpo presente en la escuela”; que no es lo mismo, ni menos importante que registrar que “la escuela está presente”.

Oportunidades e imposibilidades de la escuela remota

Gabriel Brener, especialista en Gestión y Conducción del Sistema Educativo, analiza en esta entrevista las oportunidades e imposibilidades de sostener la escuela de manera remota. “Lo central es mantener el vínculo, cuidarlo, sostenerlo, para que lo escolar sea una conexión de cada chicx con sus compañerxs, su docente, con diversas porciones del saber y la cultura. Sostener el lazo que nos permite seguir siendo sujetos y no transformarnos en objetos de presiones y exigencias que lejos de sumar generan impotencia”.

Brener trabaja en asesoría y formación de docentes y equipos directivos. Fue subsecretario de Educación del Ministerio de Educación de la Nación (2013-2015). Y es profesor de Enseñanza Primaria (Normal Nº 4), en distintas universidades (UBA, UNaHur) y en el Instituto Superior del Profesorado Joaquín V. González. Tienes tres hijes, en primaria, secundaria y universidad, por lo que además conoce como padre también lo que sucede con la educación desde casa en este particular contexto de encierro.

–¿Es importante garantizar la continuidad de las clases?

–Lo más importante es garantizar el cuidado, primero de la salud de toda la población, lo que hay que tratar de evitar es perder vidas. Lo primero que debemos advertir es que estamos frente a un momento excepcional, transitorio y posiblemente pueda convertirse en complementario. Excepcional implica que no puede existir una continuidad. Hay una ruptura, y muy sustantiva, en los hábitos, los modos de vivir cotidianamente, un cambio muy importante y vertiginoso en la vida personal, familiar, como sociedad. Por tanto, es una ruptura y hay que poder asimilarla, y lograr vivir y convivir del mejor modo que podamos hacerlo. Entiendo que decir continuidad supone afirmar que no son vacaciones, pero también confunde porque hay quienes pueden interpretar que continuidad es seguir con lo mismo que se empezó en esos primeros días en la escuela y ahora es en casa.

–Claro, hay muchos docentes colapsados, los padres también y los chicos otro tanto ¿qué hacemos con todo eso?

–Y allí debemos ser claros. Lxs adultos familiares no son el relevo de lxs docentes en casa. Así como no podemos pretender que lxs adultos familiares reemplacen a lxs docentes, tampoco podemos pretender que los docentes sostengan la escolaridad en las casas de lxs estudiantes. Habrá que pilotear este momento como un estado de excepción en el que logremos que docente y referentes familiares puedan convertirse en socios de este momento transitorio, acompañando, estimulando, escuchando a sus hijxs, de estudiantes, sin la pretensión del control evaluador, y más con la mirada en ayudar a resolver la dificultad y un control contenedor. Lo fundamental no es pretender el desempeño regular, porque estaríamos todxs como alumnxs docentes y familias irregulares.

–Volviendo a la primera pregunta ¿por qué complementario?

–Porque a pesar de lo incierto y lo difícil de la situación puede transformarse en complementario en la medida que podamos aprovechar algunas virtudes de la virtualidad, como la horizontalidad en la relación pedagógica, que rompe con la lógica del docente que lo sabe todo y transmite a los alumnos como si fueran siempre un recipiente vacío. Habilita la posibilidad de utilizar variación de recursos didácticos para dar lugar a la participación de los que están del otro lado. Y lo central, permite alterar la simultaneidad, esa condición diferida que en muchas áreas permite al otro trabajar más acorde a sus propios tiempos. Y en el caso de adultos permite administrar los tiempos, acorde a las tareas laborales, domésticas.

–Está bueno aprovechar lo complementario como oportunidad.

–Digo transitoria para advertir a los que se pasan de rosca o los que se sienten impotentes… porque a una mamá que no terminó la secundaria es difícil ayudar a su hijo en la universidad. Hay que tener la convicción de que lo transitorio supone que lo importante es sostener el vínculo. Yo estoy convencido de que todo lo que tiene que ver con la calificación hay que dejarlo para cuando volvamos al cara cara. Evaluar en el sentido de calificar promover. Si evaluar es para dar una mano, está bien. Pero si evaluar es repetir todo lo que te mandé para la prueba, no es la idea. Porque genera impotencia, colabora con diseminar el pánico cuando lo que hay que hacer es trabajar para convivir con el miedo. Hay que tratar de no entrar en la lógica mediática que contribuye al pánico. Hay que convivir con el miedo. Hay que acompañar con este modo distinto de estar trabajando con al escuela en casa sin mi maestro como lo tengo siempre. Caer en la evaluación es no colaborar en la conexión con el pibe.

–La enseñanza a distancia, en este contexto, pone en evidencia las desigualdades sociales estructurales. ¿Qué hacer con eso?

–La pandemia, y por tanto esta cuarentena ponen en evidencia las desigualdades que ya existen con antelación y en este contexto se hacen más visibles y preocupantes. Comprender que existen diversas maneras de atravesar la cuarentena, en condiciones hogareñas cómodas aunque con dificultades, pero especialmente detenernos en quienes no poseen condiciones básicas para satisfacer necesidades de vivienda, alimentación y demás derechos. Por tanto hay quienes están provisto de recursos para comunicarse con el entorno y quienes están imposibilitadxs. Por ello en tu pregunta considero central destacar la presencia del Estado, priorizando decisiones para quienes están más vulnerados y vulnerables. Veamos sino, que sucede con esta pandemia en aquellos países que privilegian el mercado y la salud depende del bolsillo de cada familia. Un Estado presente en educación está acercando cuadernillos de trabajo escolar a muchas familias, así como el Ministerio de educación y ENACOM están negociando con las empresas de celulares para habilitar gratuitamente un pack de datos para estudiantes de las 57 universidades. Aquí hay que controlar como ciudadanxs que todas esas empresas hagan esta concesión así como incluir a estudiantes de nivel superior no universitario ( terciario) que no veo estén contempladxs. Es imprescindible para sostener su derecho a estudiar y el vínculo pedagógico. Los celulares son de acceso universal. Soy docente en una universidad del conurbano y lxs estudiantes , en su mayoría, se manejan con sus celulares en el seguimiento de la cursada, tramites administrativo y centralmente acceso a textos y material de cursada.

–¿Se puede aprender virtualmente?

–Hace 22 años que trabajo enseñando en propuestas virtuales y siendo tutor de estudiantes. La virtualidad tiene sus propias lógicas. No es lo presencial transformado mecánicamente. Algunos creen que es eso. Hay que advertirles. Hay que estar atentos a la desigualdad. No es lo mismo una familia que tiene recursos para comunicarse y establecer relación virtual tanto a nivel laboral como en formación escolar, que otra que está desprovista de esos recursos. Por eso es la presencia importante del Estado. Por otro lado, no es lo mismo una institución que ya viene trabajando con plataformas virtuales y cierta parte de su enseñanza está presente en la virtualidad que una institución que quedó patas para arriba, fuera de juego, porque la pandemia fue un día para otro. Hay que estar atentos a esas instituciones que no tenían esta arquitectura de recursos para trabajar con la virtualidad. Entonces las exigencias deben ceder lugar a la importancia de iniciar y mantener el vínculo.