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Cuento: “Amigos por el viento”, de Liliana Bodoc
Por Cecilia Kornblit - RECREO - 25 abril 2012
A veces, la vida se comporta como un viento: desordena y arrasa. Algo susurra pero no se le entiende. A su paso todo peligra; hasta lo que tiene raíces. Los edificios, por ejemplo. O las costumbres cotidianas.
Cuando la vida se comporta de ese modo, se nos ensucian los ojo con los que vemos. Es decir, los verdaderos ojos. A nuestro lado, pasan papeles escritos con una que creemos reconocer. El se mueve mas rápido que las horas. Y lo peor es que nadie sabe si, alguna vez, regresara la calma.

Así ocurrio el día que se papá se fue de . La vida se nos transformó en viento casi sin dar aviso. Yo recuerdo la puerta que se cerró detras de su sombra y sus valijas. También puedo recordar la ropa reseca sacudiéndose al sol mientras mamá cerraba las ventanas para que, adentro y adentro, algo quedara en su sitio.
- Le dije a Ricardo que viniera con su hijo. ¿Qué te parece?
- Me parece bien – mentí.
Mamá dejó de pulir la bandeja, y me miró:
- No me lo estás deciendo muy convencida…
- Yo no tengo que estar convencida.
- ¿Y eso que significa? – preguntó la mujer que más preguntas me hizo en mi vida.
Me vi obligada a levantar los ojos del libro:
- Significa que es tu cumpleaños, y no el míó – respondí.
La gata salió de su canasto, y fue a enredarse entre las piernas de mamá.
Que mamá tuviera novio era casi insoportable. Pero que ese novio tuviera un hijo era una verdadera amenaza. Otra vez, un peligro rondaba mi vida. Otra vez había viento en el horizonte.
- Se van a entender bien – dijo mamá -. Juanjo tiene tu edad.
La gata, único ser que entendía mi desolación, salto sobre mis rodillas. Gracias, gatita buena.
Habían pasado varios años desde aquel viento que se llevó a papá. En casa ya estaban reparados los daños. Los huecos de la biblioteca fueron ocupados con nuevos libros. Y hacía mucho que yo no encontraba gotas de llanto escondidas en los jarrones, disimuladas como estalactitas en el congelador, disfrazadas de pedacitos de cristal. “Se me acaba de romper una copa”, inventaba mamá, que, contal de ocultarme su tristeza, era capaz de esas y otras asombrozas hechicerías.
Ya no había huellas de viento ni de llantos. Y justo cuando empezábamos a reírnos con ganas y a pasear juntas en bicicleta, apareciá un tal Ricardo y todo volvía a peligrar.
Mamá sacó las cocadas del horno. Antes del viento, ella las hacía cada domingo. Despues pareció tomarle rencor a la receta, porque se molestaba con la sola mención del asunto. Ahora, el tal Ricardo y su Juanjo habían conseguido que volviera a hacerlas. Algo que yo no pude conseguir.
- Me voy a arreglar un poco – dijo mamá mirandose las manos. – Lo u´nico que falta es que lleguen y me encuentren hecha un desastre.
- ¿Qué te vas a poner? – le pergunté en un supremo esfuerzo de amor.
- El vestido azul.
Mamá salió de la cocina, la gata regresó a su canasto. Y yo me quedé sola para imaginar lo que me esperaba.
Seguramente, ese horrible Juanjo iba a devorar las cocadas. Y los pedacitos de merengue quedarián pegados en los costados de su boca. También era seguro que iba a dejar sucio el jabón cuando se lavara las manos. Iba a hablar de su perro con tal de desmerecer a mi gata.
Pude verlo por mi casa transitando con los cordones de las zapatillas desatados, tratando de anticipar la manera de quedarse con mi dormitorio. Pero, aún más que ninguna otra cosa, me aterró la certeza de que sería uno de esos chicos que en vez de hablar, hacen ruidos: frenadas de autos, golpes en el estómago, sirenas de bomberos, ametralladoras y explosiones.
- ¡Mamá! – grité pegada a la puerta del baño.
- ¿Que pasa? – me respondió desde la ducha.
- ¿Cómo se llaman esas palabras que parecen ruidos?
El agua caía apenas tibia, mamá intentaba comprender mi pregunta, la gata dormía y yo esperaba.
- ¿Palabras que parecen ruidos? – repitió.
- Sí. – Y aclaré -: Plum, Plaf, Ugg…
¡Ring!
- Por favor – dijo mamá -, estan llamando.
No tuve más remedio que abrir la puerta.
- ¡Hola! – dijeron las rosas que traía Ricardo.
- ¡Hola! – dijo Ricardo asomado detrás de las rosas.
Yo mira a su hijo sin piedad. Como lo había imaginado, traía puesta una remera ridícula y un pantalón que le quedaba corto.
Enseguida, apareció mamá. Estaba tan linda como si no se hubiese arreglado. Así le pasaba a ella. Y el azul les quedaba muy bien a sus cejas espesas.

- Podrían ir a escuchar música a tu habitación – sugirió la mujer que cumplía años, deseperada por la falta de aire. Y es que yo me lo había tragado todo para matar por afixia a los invitados.
Cumplí sin quejarme. El horrible chico me siguió en silencio. Me senté en una cama. Él se sentó en la otra. Sin dudas, ya estaría decidiendo que el dormitorio pronto sería de su propiedad. Y yo dormiría en el canasto, junto a la gata.
No puse música porque no tenía nada que festejar. Aquel era un día triste para mí. No me pareció justo, y decidí que también él debía sufrir. Entonces, busqué una espina y la puse entre signos de preguntas:
- ¿Cuánto hace que se murió tu mamá?
Juanjo abrió grandes los ojos para disimular algo.
- Cuatro años – contestó.
Pero mi rabia no se conformó con eso:
- ¿Y cómo fue? – volví a preguntar.
Esta vez, entrecerró los ojos.
Yo esperaba oír cualquier respuesta, menos la que llegó desde su voz cortada.
- Fue… fue como un viento – dijo.
Agaché la cabeza, y dejé salir el aire que tenía guardado. Juanjo estaba hablando del viento, ¿sería el mismo que pasó por mi vida?
- ¿Es un viento que llega de repente y se mete en todos lados? – pregunté.
- Sí, es ese.
- ¿Y también susurra…?
- Mi viento susurraba – dijo Juanjo -. Pero no entendí lo que decía.
- Yo tampoco entendí. – Los dos vientos se mezclaron en mi cabeza.
Pasó un silencio.
- Un viento tan fuerte que movió los edificios – dijo él -. Y éso que los edificios tienen raíces…
Pasó una respiración.
- A mí se me ensuciaron los ojos – dije.
Pasaron dos.
- A mí también.
- ¿Tu papá cerró las ventanas? – pregunté.
- Sí.
- Mi mamá también.
- ¿ Por qué lo habrán echo? – Juanjo parecía asustado.
- Debe de haber sido para que algo quedara en su sitio.
A veces, la vida se comporta como el viento: desordena y arrasa. Algo susurra, pero no se le entiende. A su paso todo peligra; hasta aquello que tiene raíces. Los edificios, por ejemplo. O las costumbres cotidianas.
- Si querés vamos a comer cocadas – le dije.
Porque Juanjo y yo teníamos un viento en común. Y quiza ya era tiempo de abrir las ventanas.
Nació en la ciudad de Santa Fé, el 21 de Juliop de 1958. Siendo muy pequeña se trasladó´con su familia a la provincia de Mendoza. Cursó la Licenciatura en Literaturas Modernas en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacinal de Cuyo. Ejercio la docencia durante algunos años. Su primera novela, Los días del Venado (primera parte de la trilogía épica fantastica: La saga de los confines), fue editada en el año 2000 y recibió los siguientes galardones: Primer premio de narrativa 2001 de Fundación “Fantasía Infantil y Juvenil”; Distinción del IBBY (International Board on Books for Young People), 2001; Distición White Ravens, 2002, otorgada por la Internationale Judgenbibliothek (Alemania); Premio Calidoscopio (Venezuela), 2003.
En Octubre de 2002 se editó los Días de la Sombra, que recibió el Premio Calidoscopio (Venezuela) en la categoría de Ganadores Juveniles 2003.
Su libro de cuentos Sucedió en colores recibió la recomendación del jurado del concurso Fundalectura y Reyes y pajaros fue recomendado por el Banco del Libro de Venezuela como uno de los mejores libros de 2008.
También ha publicado Diciembre Super Álbum (2003) y El mapa imposible (2008).
Desgaste, por Noé Jitrik, Página 12. 18/1/2012
Por Cecilia Kornblit - RECREO - 18 enero 2012
Toda existencia, animal, humana, vegetal y aun elemental (agua, fuego, tierra, aire) tiene un comienzo, un transcurso y un fin. Para el comienzo hay explicaciones bastante precisas y un sentimiento acompañante, de alegría y/o de temor, cuando emerge la cabeza del niño del hinchado vientre materno como cuando brota un pimpollo o cuando la lluvia alimenta los ríos o una chispa inicia un incendio. El transcurso de lo que crece es el fundamento de la sociedad, en cualquiera de sus manifestaciones, y eso da lugar a acciones y pasiones, a creencias y a creaciones, la palabra o el fruto y, correlativamente, la ilusión de eternidad escoltada por la amenaza del cese, de la discontinuidad. El fin, que clausura, reinicia el ciclo pero en otro lugar, la materia no se pierde, se transforma: eso que fue potencia se convierte en resto, las células que animaban los cuerpos se desagregan y sus elementos dan lugar a fertilizaciones secretas que, acaso, sean el punto de partida de nuevos comienzos, vaya uno a saber en qué lugar.
Dejemos de lado el nacimiento, que se juega en un instante y es una anécdota, un saber objetivo, de observación y acaso de admiración o de terror, y hablemos del transcurso: ahí se construye el saber. De este modo, se diría que la vida, y su interés narrativo, es el crecimiento; dicho de otro modo, lo que impulsa al tallo a sacar hojas, al ser humano a un hacer, es un gran relato que es como un espejo en el que se mira un ser viviente para verse en su espléndido y dramático acontecer. Un ser viviente, pues, se relata al mismo tiempo que se mira vivir y, por supuesto, que vive.
Pero se trata de transcurso y, como es natural, se trata de tiempo que es puro transcurso: el tiempo, sea lo que fuere su ser, es un transcurrir y parece eterno puesto que hasta la fecha ha seguido transcurriendo y acaso no termine nunca de hacerlo porque, eso no se sabe, no tiene comienzo. El, el tiempo, no se gasta pero en cambio se gastan, ineluctablemente, en el transcurso, las existencias, animal, humana, vegetal, y hasta elemental, el agua, el aire, la tierra, el fuego. ¿Es el envejecimiento? ¿De eso, tan simple, se trata? Se sabe en qué consiste el envejecimiento cuyo comienzo, a su turno, se registra en un preciso momento, es cuando el transcurso experimenta una flexión y su pretensión de continuidad sufre un colapso que parece súbito pero no lo es, es resultado de una lenta preparación que lo acompaña y está reprimido, ocultado, controlado, incluso cuando el conjunto celular está en todo su esplendor y se lo cree, y cree que no hay tal descenso ni lenta caída, de la que se toma conciencia cuando irrumpe la enfermedad.
Y bien, a esa preparación la llamamos “desgaste”: se sabe que está ahí así como que hay que luchar contra él de las mil maneras que se han inventado y que se pueden seguir inventando; una de ellas, la más frecuente, es la negación, nada sé, nada pasa, nada me amenaza.
De modo que el relato de una vida es el relato del desgaste, con todas sus variantes y artilugios para neutralizarlo, y protegerse de él, los sentimientos que provoca, la lucha contra él, en suma las ilimitadas figuras que singularizan una existencia.
Y si tal relación es propia de un ser en el tiempo siempre existió un deseo de describirla; estamos hablando de la novela que en ningún momento de su historia la perdió de vista: eso se fue convirtiendo de más en más en su razón de ser.
De este modo, si a la novela se le ha adjudicado o atribuido esa responsabilidad –a diferencia de otras realizaciones verbales, como la poesía, que desdeña el transcurso y se cierra en el instante– tendría que ver de manera más próxima a lo que se entiende que es la vida tanto la vivida en su transcurso como las posibles. Para hacerlo, recoge datos y trata de darles una forma que los reproducía reinterpretándolos o bien proyectándolos a un “posible”. En ese molde caben todas las realizaciones que ostentan el nombre de novela.
Parece que no puede ser de otra manera, pero no porque relate nacimiento, progreso y muerte, lo que sostiene a la entidad “novela” es la acuciante presencia del desgaste cuyo secreto intenta develar y correlativamente conjurar configurándolo como una inminencia que acecha a todo lector, que es lo mismo que decir a todo ser humano.
Pero, ¿qué es el desgaste? Ante todo, material y concretamente, es una acción que consiste en reducir partes sobrantes, innecesarias y molestas, de un volumen cuya forma se quiere perfeccionar, sometiéndolas a una frotación: las partículas caen, el volumen gana una línea y se adapta a un uso que previamente era limitado o irritante. Este es el lado prometedor del desgaste porque, una vez ejecutado con los medios adecuados (lima, lija, cepillos), un objeto resplandece, adquiere su sentido: un gato que lima sus uñas para que no le provoquen heridas al rascarse sin el desgaste terminaría por darse muerte; si su enemigo, la rata, no desgastara sus dientes, llegaría a matar a sus congéneres por mero contacto, son conscientes de esa posibilidad. Una lija que quita la aspereza a la madera o a la piedra le descubre una belleza o una virtud que el sobrante ocultaba; el escultor pone en evidencia con el formón una virtud; el agua desgasta la roca y le otorga formas caprichosas, a veces sorprendentes y de rara belleza o temibles honduras y, por otro lado, la reduce a arena, cuyo encanto es otro, acumulación misteriosa, amenaza de siglos de labor.
Si ése es el lado pragmático de la noción de desgaste el dramático afecta a la estructura celular por mero transcurso: las células se gastan en los seres vivos y ningún paliativo logra detener el final; pero los paliativos existen aunque muchos seres vivos no recurren a ellos y apuran el desgaste, le crean mejores condiciones para terminar su obra, adelantan el reloj en la vertiginosa expectativa de contemplar la implacable forma del tiempo: esa impaciente gestión recibe el nombre de “suicidio”, cancelación del futuro, la nada que queda del desgaste.
¿Y de los paliativos qué? Nadie puede creer que una enfermedad que se cura impedirá que otras se manifiesten pero lo que importa es que la cura hace nacer una creencia, una fuerza que ilumina un instante, algo así como el sentido, que no es el que podría tener una vida individual, en lucha contra el desgaste, sino el fugitivo del tiempo mismo, encerrado en el secreto de su transcurso.
Y algo más de los paliativos: el hecho moral de asumirlos (cuidarse, cuidar, ocuparse, mirar, reconocer, admitir) se revierte sobre la sociedad y le atribuye funciones, la principal es proveer de paliativos para neutralizar o demorar el desgaste que, se sabe, concluirá con sus integrantes e incluso con ella misma si no sabe o no puede hallar los que necesita para garantizar su continuidad. Así, genera la noción de derechos, a veces protege a sus miembros, los cuida, los reconoce en sus necesidades y, cuando eso hace, pospone el desgaste, se promete un futuro: cuando no lo hace y guerrea y arremete contra propios y ajenos, cuando no cuida ni protege, su vida termina pronto. ¿No sería acaso la historia de la civilización misma una historia de desgastes, a veces detenidos gracias a paliativos, a veces acelerada por la contradictoria tendencia a la autodestrucción? Roma, que perdura, los toltecas, que desaparecieron.
Se diría, entonces, que todo relato es del desgaste, el de la civilización, el de la historia, el de la vida: la novela será, por lo tanto, siempre novela de la vida y lo único que en su empresa lo resiste es el lenguaje, en tanto que aquello que mediante el lenguaje quiere encarnar y representar su triunfo o la resistencia que se le opone es igualmente víctima de él, termina por desaparecer como las civilizaciones y los cuerpos.
LITERATURA, Viva voz. Por Paula Giménez, Página 12, Las 12, 6/1/2012
Por Cecilia Kornblit - RECREO - 17 enero 2012
¿Para qué sirve la poesía? ¿Qué lenguajes rescata? ¿Quién la lee? ¿De dónde sale? ¿Qué se espera de ella y por dónde circula? La gran poeta Diana Bellessi responde a estas preguntas frecuentes y también a otras más originales que ella misma se plantea, en su reciente libro de ensayos La pequeña voz del mundo (Taurus). La relación con lo social, con los acontecimientos, con los ancestros y con lo útil se revela en esta mirada crítica que por fin ha decidido posarse sobre la que nunca se habla, la poesía, “la idiota de la familia”.
Por Paula Jiménez
En la esquina de San Juan y Piedras había un baldío. Allí, antes que la sede de la asamblea popular de San Telmo existiera, pilitas de ladrillos y pedazos de troncos oficiaban de asientos y en fanales improvisados se encendían las velas que alumbraban las noches de poesía. Y mientras un grupo de poetas recitaba entre bolsas de cemento y arena, los vecinos vendían empanadas, panes caseros y vasos de vino, y juntaban dinero para construir esa casita asamblearia que ya tiene dos pisos. Fue en una de esas veladas primaverales cuando Diana Bellessi leyó una serie de poemas en los que la palabra “piqueteros” y la palabra “hambre” brillaron con su luz negra. Era el año 2002. Poco tiempo después, en la Fundación Libertaria Argentina (“la FLA”), a pocas cuadras de esa esquina de San Juan, Bellessi presentaría Mate cocido, un libro de poemas que empieza con estos versos: “El destino común / es aquello que vuelve”. Pero antes, apenas un tiempo antes, durante el Festival de Poesía de Rosario, esta escritora santafesina participó de una mesa de debate junto al mexicano Juan Bañuelos y el argentino Luis Tedesco. “¿Para qué sirve la poesía?”, era la pregunta que se les hacía a los tres poetas y a partir de la cual disertaron. Pero este interrogante presuponía una ilusión de utilidad que, pese a la caída estrepitosa del neoliberalismo de los ‘90, aún insistía en sostenerse y hacerse oír en los más diversos ámbitos, entre ellos, el cultural. Entonces La pequeña voz del mundo, la serie de ensayos que Bellessi había comenzado a escribir en 1998, habló. Y frente al público esta voz develó su identidad: no es la voz del poeta, no es la del oficio, no es la del saber, ni la de la experiencia: es la voz de la idiota de la familia, es decir, de la poesía. En “El sentido en el porvenir”, uno de los ensayos del libro, Bellessi explicará: “Idiote, idiota, el que se ocupa de lo íntimo (…) La poesía ha sido considerada la idiota de la familia en el mundo de las artes, en especial de la literatura (…) En las últimas décadas y sobre todo de la mano de las mujeres, el enunciado de que lo privado es público, lo privado es político, idioticos es politikos, se ha vuelto ya insoslayable”.
LA BANDERA DE LO INUTIL
Para Diana, la respuesta a aquella pregunta planteada en el Festival de Rosario no podía ser otra más que poner en cuestión la noción de lo útil y reivindicar, a cambio, la bandera de lo inútil, lo sutil, lo desprestigiado, lo caído en desuso por la imposición de un sistema. “Las tareas de esta voz –dice en uno de los primeros capítulos de La pequeña…–: permanecer atenta a lo inútil, a lo que se desecha, porque allí, detalle ínfimo, se alza para ella lo que ella siente epifanía. Las tareas de esta voz: deshacer las cristalizaciones discursivas de lo útil y tejer una red de cedazo fino capaz de capturar las astillas de aquello que se revela. Atención y artesanía. Las tareas de esta voz: desatarse de lo aprendido que debe previamente aprenderse, y disminuir así los ecos de las voces altas para dejar oír la pequeña voz del mundo.” Ya en las primeras páginas de este libro publicado recientemente por Taurus-Alfaguara, Bellessi instala un movimiento bascular: esta voz no se queda quieta, abreva del habla popular y de los primeros años de la vida, pero también del presente y de la cultura letrada, esta voz va y viene desde el yo al nosotros y del nosotros al yo, inquietamente, en su destino de generosidad infinita.
Muchos de los ensayos de la primera parte de La pequeña voz del mundo, escritos alrededor de 2001, reflejan un estado de creciente preocupación por lo social y lo político, y se entrelazan con una honda reflexión sobre la poesía, irremisiblemente ligada a lo popular. Para Bellessi, la poesía no le da letra a nada, es ella la que se alimenta de los decires de la gente, de esa decantación que comienza en la experiencia vivencial y termina en el lenguaje: “De Mosconi o de Cutral Có, de Guernica o La Matanza, los cartoneros, los que tuvieron vergüenza, pero ya no la tienen, las que dicen: ‘Los míos no morirán’, no hasta que yo pueda, las que dicen: ‘Nuestros chicos se merecen y nosotras también’, los que tienen memoria y tienen presente, escucho una voz tan furiosa, tan tierna y honda, que pocas veces en la ciudad letrada el verso alcanza; quizá fue la de Vallejo y la de Mistral en sus mejores momentos, la de Martí y la de Yupanqui, y la de las chicas y los chicos que empecé a escuchar en los últimos años en la poesía y en la letrística, en las canciones cuarteteras, en la cumbia, en el indomable rocanrol”. Por eso para Bellessi la poesía no es vanguardia sino retaguardia, está detrás de esa voz viva y furiosa que es puro acontecer: la voz del vulgo.
Es diciembre de 2011. Han pasado casi diez años. Estamos sentadas en el sillón de su ya mítico jardín. La tarde es calma y calurosa. La autora de Tener lo que se tiene está agotada de tanto viajar. Acaba de llegar de la Feria del Libro de Guadalajara y está a punto de volver a hacer las valijas para visitar a su familia, en Santa Fe. Tomamos mate entre las hojas verdes y gigantes, las flores, su perra Talita tirada en el piso de baldosas y los pájaros que pían contentos por la llegada del verano. Cuando, en medio de la charla, le pregunto si lo que buscan los poetas con su escritura es regresar al vulgo, su mirada celestísima y relajada abruptamente se torna penetrante: “Los poetas somos vulgo –dice–, todo lo que habla es el vulgo. El resto es letra muerta”.
A lo largo del libro, pero sobre todo en la página 44 de La pequeña voz…, se lee esta rabia que despierta en Bellessi cualquier intento gregario que atine a ubicar a la poesía en la otra orilla. Esa orilla no existe, dirá de mil maneras: esa orilla está también de este lado. “¿A qué le temo más? –se pregunta allí, hacia el final del capítulo 10–. A encubiertos gestos demagógicos. ¿En quién? En mí misma, por supuesto. ¿Y qué detesto más? Que me digan en algún momento que estoy rescatando algo, giros del habla de la gente con la que me crié, o cantos de culturas condenadas, las de los pueblos indígenas, por ejemplo. Como si me picara una víbora, salto y digo: ellos me rescatan a mí. Pero por qué, repito, me enfurece tanto que me endilguen algún rescate, si todos trabajamos con la recuperación de las migajas emocionales y la invención flexible de alguna identidad. Quizá porque la palabra rescate alude a algo perdido o a punto de perderse, y coloca al sujeto que lleva a cabo la acción de rescatar en una posición de no pertenencia, es decir, alude a mi condena de vivir en un ostracismo de clase.”
En La pequeña voz…, Bellessi convierte en ensayo aquello que ya era, y es, sustancia de su poesía, el mundo de intereses que componen su imaginario. El verso funciona en su obra como el puente capaz de reunir tópicos opuestos para la cultura: lo ínfimo y lo inabarcable, la naturaleza y la política, David y Goliat. Poesía lúcida la suya, poesía que esquiva el arquetipo divisionista que condiciona a la humanidad. Si los fragmentos son ilusión de la mirada y el universo funciona al unísono, con sus contradicciones aparentes, con sus diferencias y compatibilidades, ¿en qué cabeza cabría que el poeta –ella, todos los que la escriben–, en consonancia con lo que lo rodea y con una tradición poética en la que se inscribe, quedara aislado, polarizado en un extremo, orgulloso frente a algún gesto de apropiación? “La voz del poema, la voz que el poeta cree su voz”, dice Diana ni bien comienza el libro, advirtiéndonos sobre esta trampa del ego que congelaría al yo personal en el centro de una escena que no le pertenece sólo a él.
EL PELIGRO EN LA VOZ
Pero, ¿qué es esa voz poética, de qué se trata? “Yo es otro”, el enunciado de Rimbaud, está detrás de esto. “El poeta es hablado. Que el yo es otro es eso: uno es hablado por otros. Entonces uno no va a rescatar ni a tirar la soga a nadie. Me parece que la voz de la poesía está siempre en estado de peligro, la mía y la de cualquiera”, dice Diana Bellessi con un mate en la mano, sentada ahora en medio de un jardín que si tiene una particularidad es ésa: el peligro de dejar de ser. Porque un jardín es un ritmo: primero el verde estalla y luego es el tiempo de la hojarasca y más tarde volverá el verde. “He construido un jardín para dialogar / allí, codo a codo en la belleza, con la siempre / muda pero activa muerte trabajando el corazón”, había dicho en su poema “El jardín”. Por eso mismo, ¿qué seguridad podría haber en la poesía si la de la lírica es la voz de un mundo destinado a desaparecer o, cuando menos, a cambiar su estado? Que el yo sea otro no sólo habla de un descentramiento de la conciencia que, a la hora de escribir, aunque crea hacerlo desde la conciencia, le deja paso al caudal cultural que nos precede y a las pulsiones del propio inconsciente individual. El yo es un instrumento de algo más abarcador y trascendente, una porción de vida que nos ha sido concedida y que habla con eso que presumimos nuestra voz. En La pequeña voz del mundo, el enunciado rimbaudiano implica también la identificación con los otros, pertenencia a esa suerte de mandala humano que nos tiene a todos moviéndonos dentro del mismo círculo. Un ir y venir entre la cultura letrada y el vulgo es el sendero circular que sigue la poesía en este juego. “La cultura letrada te otorga el oficio sin el cual no es posible escribir”, dice Diana. Como siempre, su modo de hablar refleja un cuidado y un amor por las palabras que va alcanzando de a ratos un sutil esplendor: “Hay que leer muchos libros y observar muchas cosas para escribir versos que le hablen al corazón de otro. El problema es que te podés quedar en el camino de la adquisición del oficio y escribir sólo desde esa adquisición, y el poema entonces será correcto, pero no tendrá alma. Se habrá aprendido, pero no se desaprendió, en busca de aquella lengua primaria y afectivizada, cuando una pueblada atraviesa el poema. Ahí es cuando somos vulgo. Vulgo con oficio”.
POESIA PARA JUGAR
El libro se divide en dos. Los breves ensayos de la primera parte, intensos y concentrados, están fechados entre 1998 y 2003. La segunda reúne textos más aplomados, de mayor extensión, escritos entre 2004 y 2010. “Son notas que se extienden a lo largo de 12 años –explica Bellessi–. La primera mitad respondió más a un deseo personal, y su escritura es bastante íntima, mientras que la segunda surgió de la obligación de tomar el micrófono público.” Eso que Diana llama intimidad es algo que se percibe como un avance envolvente del texto. Una especie de cono del silencio nos deja a solas con la lectura de estos ensayos, cuyo recorrido, que no es sólo intelectual sino también sensitivo e intuitivo, seguimos con esa misma “atención flotante” que desarrollamos al leer un poema. Lo que sucede es que Bellessi se sumerge en el lenguaje poético para reflexionar sobre la poesía. O quizá sea más acertado decir que en ese registro es donde ella está siempre, y donde también estamos todos porque, según esta autora, reciente ganadora del Premio Nacional, la poesía es una experiencia común: se acerca a lo preverbal y al balbuceo que en el origen de la vida comunica a cada criatura con su madre; la poesía es música y rito comunional. “La experiencia de la poesía surge muy tempranamente en la vida del ser humano –dice en el ensayo En la intimidad del habla–, un momento antes de la apropiación del lenguaje, cuando agrestes aún nos expresamos en el grito, el llanto, la risa (…). Allí sabemos que el lenguaje canta y que no proviene sólo de nuestra cabeza sino también de nuestro cuerpo, del rumor de la sangre y el hálito de nuestra respiración.” Recientemente, Mágicas Naranjas Ediciones acaba de publicar una serie de tres libros de poesía e ilustraciones para los más chicos (aunque no sólo para ellos), éstos son Cartas para la alegría de Arnaldo Calveyra, Azar y necesidad del benteveo de Alicia Genovese y Variaciones de la luz de Diana Bellessi. El proyecto combina el trabajo de un poeta y el de un dibujante, y da por resultado una pequeña obra de arte que tiene como objetivo que la lírica y el mundo infantil reediten su estrechísima relación. “Es un breve poema desglosado a lo largo de sus páginas, con unos dibujos extraordinarios de Pablo Ramírez Arnol –cuenta Bellessi–. Han hecho de poesía para adultos algo con lo que pueden jugar los adultos y los niños. Ellos, que están más cerca del nacimiento del lenguaje, más cerca están de la poesía. Habla y poesía son primas hermanas. El habla es chiflada y dice cosas rarísimas. El poema es un recorte del habla que se enfría y que se vuelve a calentar por una operación mágica: el oficio del poeta. El habla íntima, el habla loca, entre amantes, entre amigos, en la cancha de futbol, en la cama, se parece tanto a la poesía.”
Aquella operación entre conjuntos que en matemáticas se llamaba intersección y que mostraba a los ojos de los niños el contenido de una zona que unía dos universos distintos, podría ser una de las imágenes con las cuales graficar algo de la experiencia poética según Bellessi. En tanto esa zona está compuesta de elementos compartidos, éstos son parte, al mismo tiempo, del bagaje individual. Notas inconfundibles de la música personal resuenan sine qua non en el canto colectivo. Si no hay un yo, difícilmente habrá un nosotros, afirmará Bellessi a la hora de hablar de la lírica y ese yo del poeta –escondido detrás de un disfraz (el lenguaje) y expuesto al mismo tiempo en las marcas de su biografía– cobrará firmeza sólo si a través suyo lo otro, lo que le es ajeno y tan propio a la vez, puede ingresar. El yo: una puerta. El yo: un espejo. Y esta posibilidad de “entrar y mirarnos” que se activa durante la escritura o la lectura de un poema, opera también en la traducción. En su ensayo La traducción del poema, Bellessi cuenta la exquisita experiencia que unió su escritura con la de la poeta portuguesa Sofía de Mello Breyner: “La leía en voz alta, la cantaba tratando de pesar su sonido, su melodía, y avanzaba con tal rapidez en los primeros borradores, al igual que en las versiones más finas, como si yo misma hubiera escrito esos poemas en otra lengua. Es difícil de describir esa dicha. El otro es otro, y son sus poemas, uno no lo olvida, y se tropieza aquí y allá con dificultades, más que de traducción, de transcripción, y es muy tramposa una lengua cercana, a veces más que otra distante, pero cuando se es cazado por una voz, o calzado en el tono de una voz, se acierta; todo se resuelve de manera misteriosa, la intuición y un cierto vuelo parejo nos acompañan y quisiéramos que la tarea no terminara nunca”.
Podemos reconocer aquí, en esta amorosidad, el gesto lírico que liga un alma humana con otra, y del que Diana Bellessi nos habla en el ensayo “La lírica ha vuelto a casa”. Si ha vuelto es porque en algún momento no lo estuvo. Sí con fogonazos, aisladamente, lanzando destellos de sobrevivencia ante las tendencias dominantes que buscaban opacarla. Eran los años ‘90 y, en la Argentina, el objetivismo –que adoptó como padre a Joaquín Gianuzzi y que se inspiró en lecturas de un Roland Barthes que teorizaba sobre la muerte del autor o la inexistencia de un yo lírico– instalaba una prohibición: los versos no estaban para que el poeta expresara a través de ellos “su verdad”. El yo se diluía en los objetos, los objetos hablaban por él. Y se le imponían: objeto mata a sujeto. Bellessi, en La pequeña voz del mundo, deja en claro su posición: “Si al yo lírico se lo ha acusado de artificioso, de mentiroso y hasta de confesional, deberíamos recordar que el lenguaje mismo lo es. Toda representación es una ilusión. Y todo lo mirado. El objeto también, recortado por las posibilidades de nuestra percepción (…) Podemos acosar a ese yo lírico, pero abdicar de él es abdicar al mismo tiempo del objeto que contempla (…) porque el objeto y el sujeto se modifican mutuamente, como quedó enunciado en el principio de incertidumbre que sentó las bases de la física contemporánea a principios del siglo pasado”. En este capítulo, Bellessi se ocupa de desandar el camino que condujo a parte de los jóvenes poetas de los ‘90 hacia esa polarización y cita una interesantísima reflexión de Beatriz Vignoli, quien formó parte activa del objetivismo y que hoy encarna, sin embargo, una de las mejores líricas contemporáneas. Sonia Scarabelli u Osvaldo Bossi son otros de los nombres que Bellessi destaca como parte de esa generación que tras haber atravesado las grandes aguas noventistas desembarcaron en los 2000 construyendo una lírica potente y renovada. “El príncipe” es un bellísimo poema de Scarabelli que Bellessi cita sobre el final del libro. Sus versos están dedicados a un ciruelo y la naturaleza de ese cuerpo vegetal se funde a la de la voz humana. Como la de Bellessi se ha fundido en Variaciones de la luz a los colores del cielo o en “Love Story” a una escena remota en la que alguien dice, desde lo más alto de la experiencia humana, que el corazón es una achura que no se vende. Contra toda actitud elitista que la convertiría en gesto vacío, la poesía es sustancia de ese destino común del que Bellessi habla en Mate cocido. “Si somos del mercado, ya no somos poesía –dice–. Si somos de la diminuta escena literaria, tampoco; sólo si somos del mundo y de nosotros mismos en un arduo trabajo de atención, alerta y entrega. La producción llevada a cabo de esta manera no asegura llegar a buen puerto, nada asegura nada, salvo escribir y vivir en la plenitud del riesgo de la vida.”